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Rentabilidad e impacto, la fórmula que pocos entienden

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En numerosos foros sobre inversión sostenible y de impacto se explican ampliamente los beneficios sociales o ambientales de los proyectos. Se señala cuántas personas serán atendidas, qué comunidades se beneficiarán, cuántas hectáreas se conservarán o qué problema se pretende resolver. Sin embargo, suele dedicarse menos atención a preguntas igualmente importantes: ¿cómo generará ingresos la inversión?, ¿qué rentabilidad ofrecerá?, ¿en qué plazo?, ¿qué riesgos asumirá el inversionista? y ¿será ese retorno suficiente para atraer nuevos recursos?

Esta omisión no es menor. Una propuesta puede tener un propósito valioso, pero, si necesita sacrificar permanentemente la rentabilidad para sostenerse, dependerá de un grupo limitado de inversionistas dispuestos a aceptar retornos inferiores. En consecuencia, tendrá dificultades para captar capital, crecer y replicar su solución. Paradójicamente, una rentabilidad insuficiente puede terminar limitando el mismo impacto que se pretende generar. Por ello, la inversión de impacto no debería plantearse como una elección entre hacer el bien o ganar dinero.


La verdadera pregunta es si el problema que se busca resolver puede convertirse en la base de un modelo de negocio capaz de producir resultados sociales o ambientales y, al mismo tiempo, remunerar adecuadamente el capital.


Inversión no es filantropía

La filantropía, la cooperación y las organizaciones sin fines de lucro cumplen funciones indispensables. Pueden atender necesidades en las que no existe capacidad de pago, financiar innovaciones en etapas tempranas o intervenir donde todavía no se ha desarrollado una solución de mercado. Pero una inversión responde a una lógica diferente.

Los inversionistas administran recursos que deben conservarse, remunerarse y crecer. Tienen responsabilidades frente a accionistas, familias, aportantes, fondos de pensiones u otras instituciones que les han confiado su capital. Por ello, no resulta razonable pedirles que ignoren el retorno esperado únicamente porque una alternativa presenta un propósito social o ambiental atractivo. Esto no supone desconocer la importancia del impacto: significa reconocer que una inversión debe evaluarse como inversión.

Aceptar una rentabilidad inferior puede ser una decisión válida para determinados inversionistas, especialmente cuando buscan desarrollar un mercado incipiente o probar una solución innovadora. El problema aparece cuando esa concesión se presenta como una condición inevitable de toda inversión con impacto o cuando el propósito se utiliza para evitar una evaluación económica rigurosa. No todas las fuentes de capital tienen el mismo mandato: una fundación puede aceptar condiciones que un fondo de pensiones, una aseguradora o un inversionista institucional no podrían asumir. Si una propuesta solo funciona con retornos permanentemente inferiores, su universo de financiamiento será necesariamente más pequeño.

Por eso es importante diferenciar filantropía, capital concesional e inversión comercial. Todos pueden contribuir a resolver necesidades, pero responden a objetivos distintos.


La rentabilidad también multiplica el impacto

Con frecuencia se presenta la rentabilidad como el beneficio privado del inversionista y el impacto como el beneficio producido para la sociedad o el ambiente. Esta separación es incompleta. La rentabilidad permite conservar el capital, atraer nuevos inversionistas, financiar el crecimiento y dirigir recursos hacia actividades capaces de resolver necesidades reales. Una empresa rentable puede reinvertir sus utilidades, ampliar sus operaciones, ingresar a nuevos mercados y atender a más personas. También puede demostrar que su modelo funciona y motivar a otros participantes a financiar iniciativas similares. En cambio, un proyecto que depende permanentemente de nuevos aportes tendrá dificultades para sostener sus resultados cuando esos recursos dejen de estar disponibles.

Muchas personas e instituciones desean que sus inversiones contribuyan positivamente a la sociedad o al ambiente. Sin embargo, esa disposición no implica necesariamente que estén dispuestas a aceptar retornos estructuralmente inferiores. Cuando una alternativa combina impacto verificable con una rentabilidad atractiva, deja de depender exclusivamente de la buena voluntad y puede competir por una proporción mucho mayor del capital disponible. Así se genera un círculo virtuoso: la rentabilidad atrae capital, el capital permite ampliar la actividad, la expansión aumenta el impacto y los resultados fortalecen la credibilidad del modelo.


La rentabilidad no es el precio que debe pagarse por generar impacto: es la condición que permite financiarlo, ampliarlo y sostenerlo.


Una buena causa no garantiza una buena inversión

  • ¿La actividad está produciendo el resultado social o ambiental prometido?
  • ¿El modelo genera un retorno suficiente para conservar y atraer el capital que necesita? Una respuesta positiva en una dimensión no compensa automáticamente una respuesta negativa en la otra.


El impacto debe poder sostenerse


El lucro, entendido como la capacidad legítima de crear valor económico, no reduce necesariamente el impacto. Puede ser el mecanismo que permita financiarlo, ampliarlo y sostenerlo.

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