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La sostenibilidad dejó de ser un diferencial: hoy es la única forma seria de invertir

Porque el riesgo ha cambiado. El mundo regulatorio, climático y reputacional es mucho más exigente, y eso está reconfigurando dónde existe valor real. Los proyectos sostenibles tienen algo que los inversionistas serios hoy no están dispuestos a ignorar: resiliencia. No dependen de una moda ni de ciclos políticos; crecen porque atienden necesidades estructurales. Y cuando se entiende eso, la pregunta deja de ser “por qué invertir en sostenibilidad” y pasa a ser “cómo no hacerlo”.

¿Qué aporta una alternativa de inversión enfocada en sostenibilidad a un portafolio diversificado?

Aporta algo que pocos instrumentos entregan: profundidad y estabilidad. Estamos hablando de empresas que operan en inclusión financiera, salud, agroindustria responsable, conservación de bosques, educación y vivienda digna. No son sectores marginales; son sectores que sostienen al país. Invertir ahí significa insertar capital en motores reales de crecimiento. Además, estos proyectos tienen métricas, trazabilidad y gobernanza que reducen la volatilidad que hoy vemos en mercados tradicionales.


Invertir en proyectos sostenibles no es aspiracional: es una decisión inteligente para proteger y hacer crecer el patrimonio con visión de futuro

De esa convergencia —experiencia empresarial, visión climática y pragmatismo financiero— nació Andean Crown. Fundada en 2015, la firma se convirtió en la primera boutique peruana de inversiones sostenibles en un momento en que el concepto aún no tenía espacio en la conversación pública. Su propósito fue claro desde el inicio: canalizar capital hacia proyectos con impacto ambiental y social mensurable, sin sacrificar retorno económico. No era una narrativa aspiracional, sino una tesis de inversión construida sobre hechos: la compra temprana de créditos de carbono, el involucramiento en BAM y la convicción de que el capital debía tener propósito.


¿Qué diferencia a un vehículo privado sostenible del resto?

Rigor. Aquí no hay espacio para improvisación ni greenwashing. Antes de invertir, hacemos un análisis que va desde el riesgo climático hasta la capacidad real del equipo gestor; y una vez dentro, no soltamos el timón. Acompañamos la estrategia, la estructura financiera, la gobernanza e incluso la ejecución operativa. No somos accionistas pasivos, somos socios que transforman empresas. Esa diferencia —la de involucrarse de verdad— es la que termina generando valor.
¿Cómo se maneja el riesgo en un entorno tan cambiante como el actual?
Con anticipación y con sistemas, no con declaraciones. Evaluamos riesgo climático, riesgo regulatorio, riesgo operativo, riesgo de mercado y riesgo de reputación. Diversificamos sectores y geografías. Aplicamos coberturas y seguros paramétricos. Y monitoreamos trimestralmente indicadores financieros y ESG. El riesgo no se reduce después: se gestiona antes. Esa disciplina es la que permite que estos proyectos, incluso en escenarios adversos, se mantengan más estables que el promedio del mercado.


El horizonte en este tipo de inversiones es largo. ¿Por qué?

Porque el valor no se inventa: se construye. Transformar una financiera regional, una agroindustria sostenible, un proyecto de conservación o una red de salud rural toma años. Se requiere mejorar procesos, ampliar mercados, profesionalizar equipos y fortalecer gobernanza. Y ese tipo de trabajo —el que realmente multiplica el valor de una empresa— no se logra en 18 meses. El inversionista que entiende esto sabe que la paciencia estratégica es el verdadero acelerador de rentabilidad.

Muchos aún piensan que impacto y retorno son objetivos distintos. ¿Cómo lo aborda usted?


Ese dilema ya quedó superado. Las empresas que tienen impacto —real, medible, no simbólico— son las que tienen licencias sociales más fuertes, menor exposición regulatoria, mejor acceso a mercados globales y modelos de negocio más robustos. No es idealismo; es eficiencia. El impacto bien diseñado baja el riesgo y aumenta el valor. Esa es la parte que muchos recién están empezando a ver.

¿Qué debe examinar un inversionista antes de entrar a este tipo de vehículos?

Tres cosas que no se pueden negociar. Primero, la capacidad del gestor para ejecutar: experiencia real, no presentaciones bonitas. Segundo, la calidad del pipeline: empresas con fundamentos sólidos y potencial comprobable. Y tercero, la gobernanza: procesos claros, reportes rigurosos y una estructura que alinee al gestor con el inversionista. Si el gestor no pone capital propio, es una mala señal.


¿Qué mensaje final les daría a quienes evalúan diversificar hacia este tipo de alternativas?

Que el mundo financiero ya cambió. Los activos sostenibles están capturando capital global porque tienen fundamentos más sólidos, menos volatilidad y un horizonte de crecimiento que no depende de titulares. Quien no incorpore sostenibilidad en su estrategia de inversión está asumiendo un riesgo innecesario. Hoy, invertir en proyectos sostenibles no es una elección aspiracional: es una decisión inteligente para proteger y hacer crecer el patrimonio con visión de futuro.

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