Por qué la Amazonía importa
Durante los últimos años, el cambio climático ha dejado de ser percibido únicamente como un desafío ambiental para convertirse en un factor de riesgo económico y financiero cada vez más relevante. Eventos extremos como sequías, inundaciones, olas de calor o alteraciones climáticas asociadas al Fenómeno de El Niño están comenzando a impactar directamente sobre inflación, productividad, infraestructura, cadenas logísticas y estabilidad de los mercados. Este cambio de paradigma resulta particularmente importante para economías emergentes como la peruana, donde la vulnerabilidad climática coincide además con escenarios recurrentes de incertidumbre política e institucional.
En los últimos meses, el Fenómeno El Niño pasó de ser un riesgo hipotético a un evento en desarrollo. El Comité Multisectorial ENFEN mantiene alerta ante la posibilidad de que El Niño costero se extienda hasta enero de 2027, y el Banco Central de Reserva del Perú proyecta 63% de probabilidad de un episodio de magnitud fuerte a muy fuerte entre noviembre de 2026 y enero de 2027, uno de los más intensos desde 1950.
En este contexto, el pronóstico de un “Super Niño” adquiere una dimensión económica mucho más relevante. Va más allá de lluvias intensas o daños temporales de infraestructura. El riesgo climático afecta variables macroeconómicas críticas: inflación alimentaria, gasto fiscal, deterioro de cadenas productivas, volatilidad cambiaria y estabilidad financiera.

Las pérdidas ocasionadas por el Niño Costero de 2017 superaron los US$ 3,000 millones, afectando carreteras, agricultura, viviendas, infraestructura sanitaria y servicios básicos.
— Datos: Banco Central de Reserva del Perú (BCRP)
Además, el impacto sobre productividad, consumo e inversión generó una desaceleración económica significativa en distintas regiones del país.
Precisamente por ello, la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS) ha comenzado a incorporar progresivamente los riesgos climáticos y ambientales dentro de los lineamientos de gestión integral de riesgos del sistema financiero peruano. Este cambio regulatorio refleja una transformación estructural: el riesgo climático afecta directamente la solvencia, liquidez, calidad crediticia y estabilidad financiera, más allá de ser una externalidad ambiental. Las entidades financieras empiezan a evaluar cómo fenómenos extremos podrían deteriorar garantías, afectar cadenas productivas completas o reducir capacidad de pago de empresas y personas.
Este nuevo escenario está modificando también la forma en que los inversionistas evalúan oportunidades y riesgos de largo plazo.
Actualmente, más de US$ 30 billones en activos financieros a nivel global se gestionan bajo criterios sostenibles o ESG. Más allá de una tendencia reputacional, la sostenibilidad comienza a consolidarse como una herramienta concreta de mitigación de riesgos y preservación de valor de largo plazo.
— Fuente: Global Sustainable Investment Alliance.

En ese sentido, las inversiones sostenibles empiezan a cumplir un doble rol estratégico: por un lado, canalizan capital hacia sectores y actividades que contribuyen a reducir vulnerabilidades climáticas; y por otro, permiten construir portafolios potencialmente más resilientes frente a escenarios de volatilidad económica y política.
Dentro de estas estrategias, la preservación de la Amazonía peruana ocupa un rol central. La Amazonía no solo representa biodiversidad. Funciona como uno de los principales reguladores climáticos del planeta, contribuyendo a estabilizar ciclos hídricos, capturar carbono y moderar temperaturas regionales. Sus bosques almacenan aproximadamente entre 150 y 200 mil millones de toneladas de carbono. La deforestación y degradación amazónica incrementan directamente la vulnerabilidad climática regional. Menor cobertura forestal implica menor capacidad de regulación hídrica, mayores temperaturas y mayor exposición a eventos extremos. Por ello, la inversión en conservación forestal, agricultura regenerativa, mercados de carbono y restauración ecosistémica se consolida como infraestructura estratégica de resiliencia económica, además de política ambiental.
Además, existe un factor financiero particularmente relevante para contextos como el peruano: la baja correlación de muchos activos sostenibles respecto a los mercados tradicionales. En períodos de alta volatilidad política o financiera, activos tradicionales como acciones, bonos o monedas emergentes suelen verse afectados simultáneamente. Sin embargo, activos vinculados a naturaleza, carbono, infraestructura resiliente o agricultura sostenible responden a dinámicas estructurales de largo plazo asociadas a transición energética, seguridad alimentaria y resiliencia climática. Esto permite construir portafolios más diversificados y potencialmente menos expuestos a shocks políticos locales o volatilidad financiera de corto plazo.
En un país donde históricamente los ciclos políticos han generado incertidumbre económica recurrente, desarrollar vehículos de inversión vinculados a activos reales sostenibles podría convertirse en una herramienta relevante de estabilidad financiera, cobertura frente a volatilidad y preservación patrimonial. La discusión ya no debe centrarse únicamente en cuánto crecerá la economía peruana en los próximos años, sino también en qué tan resiliente será frente a riesgos climáticos, políticos y financieros. En ese contexto, preservar la Amazonía y promover inversiones sostenibles es una estrategia económica y financiera de largo plazo, además de una agenda ambiental, para reducir vulnerabilidades estructurales, fortalecer resiliencia y canalizar capital hacia activos con potencial de crecimiento en un entorno global crecientemente incierto.
